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Quédate en casa (a escribir)


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Por César Sánchez



Capítulo 1



Día 145
Quédate en casa (con tus personajes)

El microbio no sólo se resiste a marchar, sino que está atacando con fuerzas renovadas. Para que puedas seguir quedándote en casa a escribir, aquí tienes un artículo en el que te doy a conocer cinco funciones dramáticas que pueden cumplir los personajes de una obra de ficción. Puedes usarlas para darles a tus historias el desarrollo que necesitan.

Las cinco funciones que voy a explicar son las correspondientes al aliado, el mentor, el traidor, el competidor y el esbirro. Aparte de estas cinco, existen otras (la víctima, el hombre / la mujer fatal, el guardián...), pero las dejo para otra ocasión.

Bien, veamos estas cinco funciones:

Un personaje cumple la función de aliado cuando, a cierta altura de la historia, se une al protagonista en la lucha que éste está librando por lograr aquello que necesita. La motivación del aliado no tiene por qué ser la misma que la del protagonista, sino que, simplemente, le interesará, por la razón que sea, lograr el mismo objetivo que él.

Por ejemplo, en una historia en la que el único heredero de una casa, tras mudarse a ella, haya notado una presencia extraña en una de las estancias, y necesite librarse de esa presencia, podría contactar con un parapsicólogo y pedirle que le ayude a investigar el asunto. El experto, si aceptase, pasaría a ser un aliado del protagonista. Su motivación no sería, sin embargo, vivir tranquilo en la casa, como sí lo desea el dueño, sino, por ejemplo, lograr evidencias de la presencia extraña y obtener reputación como investigador de fenómenos paranormales.

Gracias a esta alianza, el protagonista estará en mejor posición para lograr su objetivo. La alianza posibilitará también que la lucha tenga más desarrollo. Por ejemplo, entre ambos personajes podrían surgir desavenencias que el protagonista haya de resolver, o podría tener que auxiliar al aliado en caso de que este se vea en peligro, sufra un daño o se vea envuelto en problemas de cualquier otra manera, o el aliado podría dejar de colaborar con el protagonista, con lo que éste quedaría en una situación peor que en la que estaba. Un aliado podría, incluso, traicionar al protagonista y pasarse al bando contrario.

Si un aliado permanece junto al protagonista al lo largo de prácticamente toda la historia, adquirirá una buena parte del protagonismo de la misma, es decir, acabará siendo un coprotagonista de la lucha narrada.

En una historia puedes incluir también un mentor. Un personaje cumple esta función cuando enseña al protagonista cómo debe actuar para alcanzar el objetivo que está persiguiendo. El mentor suele ser alguien que ya recorrió en su momento el camino que el protagonista ha de recorrer ahora.

Por ejemplo, en una historia en la que alguien, para sacar a su familia de la pobreza, y también como venganza, decida asaltar las oficinas del director del banco que le engañó, y no tenga ninguna experiencia en robos, podría contactar con un antiguo ladrón de bancos para pedirle que le enseñe cómo debe llevar a cabo el atraco. Si este antiguo ladrón de bancos accede, se convertiría en el mentor del protagonista.

Con la inclusión de un mentor estarás, también, equilibrando la lucha entre el protagonista y su antagonismo: gracias al mentor, el protagonista adquirirá un conocimiento que le será útil para superar los obstáculos que se interpongan entre él y su objetivo.

Un mentor podría mantenerse al margen de la lucha que está librando el protagonista, y limitarse a enseñarle lo que necesita aprender, o, por el contrario, implicarse en ella e, incluso, acabar acompañándole en su peripecia, con lo que se convertiría en un aliado del mismo.

En la historia que he puesto de ejemplo, el antiguo ladrón de bancos podría darse cuenta de que tiene la oportunidad de revivir su época de forajido y, de paso, hacerse con un dinero que le permita llevar mejor su jubilación, y unirse al protagonista en su cometido.

Así como un mentor le facilita la lucha al protagonista, un traidor se la complica. Un personaje cumple la función de traidor cuando, llegado un momento en la historia, se pasa del bando del protagonista al bando contrario. Por lo general, el traidor llevará ya un tiempo preparando su acción abyecta y esperando el mejor momento para consumarla.

La traición podría producirse de manera totalmente sorpresiva o, por el contrario, haber sido esperada por el protagonista o por sus aliados. Por lo general, la traición dejará al protagonista en una peor situación que en la que estaba, ya que no sólo habrá perdido a alguien que le estaba ayudando en su lucha, sino que el bando contrario contará ahora con un nuevo efectivo. A menudo, una traición acaba suponiendo un giro en la historia (ver punto 7 de este artículo).

Por ejemplo, en una historia en la que alguien se haya enamorado de otra persona y esté tratando de conquistarla, y para ello le pida ayuda a un amigo, y éste empiece a ayudarle, el protagonista podría acabar descubriendo que su amigo se ha enamorado de la persona que estaba tratando de conquistar y que ahora ambos están juntos, lo que le dejaría prácticamente sin opciones de lograr su objetivo.

Otra forma de complicarle la vida al protagonista es incluir en la historia a alguien que persiga el mismo objetivo que persigue él, es decir, un competidor. A los obstáculos que el protagonista haya de superar para lograr aquello por lo que está luchando, se sumará el que represente la otra persona, que pretenderá lo mismo que pretende el protagonista y no estará de ningún modo dispuesto a compartirlo.

Por ejemplo, en una historia en la que un alpinista se haya endeudado en la organización de su ascensión a una cima remota que nadie haya coronado hasta el momento, y ahora necesite que la empresa tenga éxito para no quedarse en la ruina, podría incluirse a una alpinista rival que también esté tratando de ser la primera persona en coronar esa cima.

La presencia de un competidor le añadirá tensión a la historia, ya que el protagonista, lejos de poder relajarse, se verá obligado a actuar para evitar la fatalidad que supondría que su rival lograse su objetivo antes que que él. Por otro lado, el protagonista podría verse obstaculizado o, incluso, agredido por su rival, que, en su lucha particular, tratará de hacer lo posible por librarse de cualquier competidor.

Ya para acabar, una quinta función que puede cumplir un personaje es la de esbirro. Se trata de un personaje que está a las órdenes del antagonista principal. Así como un aliado ayuda al protagonista en su lucha, un esbirro se la dificulta.

Por ejemplo, en una historia en la que un ecologista se esté enfrentando al dueño de una fábrica, este dueño podría contar con un ayudante que le realice los trabajos sucios y que, por ejemplo, sea enviado a casa del protagonista para "convencerle" de que deje de meterse donde no le llaman.

Un esbirro puede aparecer para amenazar al protagonista, o para agredirle, o para causarle daño a una persona de su entorno. También puedes hacer que el protagonista, en su lucha por llegar hasta el antagonista principal o para robarle algo que éste posea, tenga que incursionar en sus dominios y enfrentarse antes al esbirro, que, como buen servidor, rondará por allí.

Al igual que un protagonista puede contar con más de un aliado, un antagonista puede contar con más de un esbirro. Y al igual que un aliado, llegado el momento, puede traicionar al protagonista y pasarse al bando contrario, un esbirro, por el motivo que fuese (porque se arrepienta de su actitud, o porque se enamore de uno de los personajes del otro bando, o porque quiera vengarse de su jefe, por ejemplo), podría traicionar a la persona a la que sirve y unirse a la cruzada del protagonista.

Bueno, espero que lo explicado te haya resultado interesante.

¡A seguir escribiendo y resistiendo!

Día 119
Otro error que no debes cometer

Parece que el microbio se resiste a marchar... Para que puedas seguir llevando tu reclusión lo mejor posible, aquí tienes un nuevo artículo de la serie Quédate en casa (a escribir). En esta ocasión te explico cómo puedes saber si estás haciendo un uso excesivo o incorrecto del gerundio y te doy las indicaciones necesarias para que puedas "desgerundizar" tu escritura.

Como ya sabrás, el gerundio es una de las formas no personales del verbo, como también lo son el infinitivo y el participio. El gerundio es la más versátil: puede cumplir la función de verbo, de adverbio e, incluso, de adjetivo. Además, tiene una forma simple (por ejemplo, estando), y otra compuesta (por ejemplo, habiendo estado).

Precisamente, esta versatilidad del gerundio, unida al hecho de que la normativa limita por aquí y allá su uso, provoca que se recurra a él con más frecuencia de lo deseable y, muchas veces, en casos en los que no está permitido.

Para que puedas tener una referencia objetiva de a partir de qué número de ocurrencias del gerundio en un texto empieza a hacerse patente el gerundismo, y así tú mismo puedas detectarlo, he llevado a cabo una pequeña investigación. Te la detallo:

En primer lugar, he buscado entre los textos que he ido corrigiendo estos últimos días uno en el que hubiese indicado un exceso de gerundios, y, cuando lo he encontrado, he calculado la proporción de gerundios: he visto que el texto tenía 296 palabras y que, de ellas, 10 eran gerundios, es decir, el porcentaje era superior al 3 %.

Luego he buscado un texto en cuya revisión no hubiese indicado ningún error en el uso de los gerundios, y, de nuevo, he calculado su proporción: he visto que el texto tenía 1099 palabras y que, de ellas, 6 eran gerundios, es decir, el porcentaje no llegaba al 1 %.

A continuación he calculado el porcentaje de gerundios en los textos de algunas obras conocidas, y he obtenido los siguientes resultados:

El primer párrafo del poema en prosa Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, tiene una extensión de 80 palabras, de las cuales sólo una es un gerundio, es decir, el porcentaje es poco más del 1 %.

El texto El Zahir, de Jorge Luis Borges, tiene una extensión de 3017 palabras, de las cuales sólo 6 son gerundios, es decir, el porcentaje en este caso no llega al 1 %.

Otro texto de este autor, La biblioteca de Babel, tiene una extensión de 2540 palabras, y en todo él no hay ni un solo gerundio, es decir, el porcentaje es 0 %.

En las 115 palabras que tiene el párrafo inicial de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, hay 1 único gerundio, es decir, el porcentaje no llega al 1 %.

Por último, he seleccionado un texto teatral, La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca, y, en particular, sus dos fragmentos más conocidos, los monólogos de Segismundo, y he podido ver que en sus 528 palabras hay 11 gerundios, es decir, el porcentaje es poco más del 2 %.

Tengo ya, como puedes ver, una referencia más o menos válida de cuál es la proporción aceptable de gerundios en un texto, e, incluso, me he hecho con un dato tan significativo como es que podemos escribir un texto sin recurrir en ningún momento al gerundio. Puedes usarla ahora para saber si en tus textos estás incluyendo más gerundios de los debidos. Sigue estos pasos:

Cuenta los gerundios que hayas usado en un texto y el total de palabras del texto, divide el primer número entre el segundo y multiplícalo por cien: el resultado es el porcentaje de gerundios que tiene ese texto. No es necesario que uses un texto entero, sino que puede ser un fragmento de unas 400 palabras.

Una manera de localizar los gerundios es buscar las cadenas de caracteres "ando", "iendo" y "yendo", ya que todos los gerundios terminan de una de estas tres maneras. De las palabras que encuentres, tendrás que descartar las que no sean gerundios, como las ocurrencias del adverbio cuando y del pronombre cuándo y las de algunos sustantivos (por ejemplo, bando) y formas verbales (por ejemplo, entiendo) que, sin ser gerundios, terminan igual.

Si el porcentaje que has obtenido es superior a 3, estás, casi seguro, abusando de los gerundios o usándolos de manera incorrecta, o ambas cosas, y deberás proceder a "desgerundizar" el texto.

Si el porcentaje está en torno al 1 o 2, puede ser que los estés usando correctamente, pero también puede ser que los pocos que estás usando, los estés usando mal. Convendrá que te asegures de no estar usando ninguno de manera indebida ni de, por ejemplo, haber puesto unos muy cerca de otros sin estar justificado.

Y si el porcentaje es 0, es decir, si no has usado ningún gerundio, ¡enhorabuena!: puedes tener la certeza de no estar cometiendo errores en su uso, y nadie te va a poder decir nada por no haberlos usado, ya que, como hemos visto, es perfectamente posible escribir textos sin recurrir a ellos.


¿Ya has hecho el test? ¿Estás poniendo demasiados gerundios? ¿No pones tantos, pero tienes dudas de estar usándolos correctamente? Voy a darte algunas indicaciones para que puedas asegurarte de no estar cometiendo ningún error en su uso.

Como ya he comentado, la normativa en relación al gerundio es bastante compleja, y, además, la corrección o no del uso de un gerundio en particular no depende únicamente de su adecuación a las normas gramaticales, sino que entran en juego también, por ejemplo, la duración de las acciones, estados, existencias, posesiones... a las que hagan referencia los verbos implicados.

Por tanto, lo que puedes hacer para asegurarte de manera más o menos sencilla de que tu texto no sufre de gerundismo es dejar únicamente aquellos gerundios de cuyo uso correcto no puedas dudar, y quitar todos los demás.

Para empezar, si ves que un gerundio forma parte de una perífrasis de gerundio, que son aquellas que se forman mediante un verbo auxiliar (estar, ir, venir, andar, llevar, permanecer, pasarse, seguir/continuar, quedarse, empezar/comenzar, acabar/terminar...) y un gerundio, puedes tener la certeza de que su uso es correcto, y, por tanto, mantenerlo en el texto. Un gerundio formará parte de una perífrasis cuando sea él el que esté indicando la única acción que lleva a cabo el sujeto.

Por ejemplo, en la frase...

Se ha pasado toda la noche mirando por el telescopio.

... los verbos se ha pasado y mirando forman una perífrasis de gerundio, ya que no es el verbo en forma personal ("se ha pasado") el que indica la acción del sujeto, sino el gerundio ("mirando"), es decir, el sujeto no ha estado pasándose por ningún sitio, sino que ha estado mirando algo.

En cambio, en la frase...

Ha pasado por el puente dándole patadas a un balón.

... los verbos ha pasado y dándole no forman una perífrasis, ya que cada uno indica una acción (el sujeto ha pasado por el puente y el sujeto le ha dado patadas a un balón).

Luego, puedes mantener también cualquier gerundio que, como parte de un complemento circunstancial de modo, se refiera a una acción que el sujeto esté llevando a cabo al mismo tiempo que lleva a cabo la que indique el verbo principal de la frase.

Por ejemplo, en la frase del último ejemplo...

Ha pasado por el puente dándole patadas a un balón.

... la acción de darle patadas al balón tiene lugar a la vez que la de pasar por el puente, y ambas las lleva a cabo el mismo sujeto, y, por tanto, este gerundio también podrías mantenerlo, por más que no forme parte de una perífrasis verbal.

Para que este uso sea correcto, ambas acciones, tanto la indicada por el verbo principal de la frase como la indicada por el gerundio, deberán tener la misma extensión en el tiempo.

Por ejemplo, en la frase...

Ha pasado por el puente deteniéndose en el medio a tomar una foto del paisaje.

... el gerundio chirría, puesto que la acción de tomar la foto no es tanto simultánea a la acción de pasar el puente, sino, más bien, puntual.

También, para que podamos dar este uso por válido, el gerundio ha de aparecer tras el verbo principal. Si aparece antes, se interpretará con un sentido distinto al pretendido, y podría chirríar o resultar ambiguo. Fíjate: si yo escribo...

Llegó corriendo.

... la acción de correr se interpreta como simultánea a la acción de llegar. En cambio, si escribo...

Corriendo, llegó.

... la acción de correr ya no se interpreta unívocamente como simultánea, sino, quizás, como anterior: la carrera es la causa de la llegada: fue gracias a que corrió, que esta persona llegó.

Por último, hay ciertos casos en los que está aceptado el uso del gerundio como adjetivo. Los dos más frecuentes son hirviendo ("agua hirviendo") y ardiendo ("árbol ardiendo"). Si en tu texto has recurrido a ellos, los puedes dejar.

El resto de gerundios que pueda tener el texto, quítalos. Para ello, te bastará con reescribir en cada caso la parte correspondiente de la frase.

Por ejemplo, si te ha quedado el gerundio de la frase...

Le quitó la bicicleta a uno de los partipantes, huyendo en ella.

... (no lo habrás podido mantener porque la acción de huir no es simultánea a la acción de quitarle la bicicleta al participante, sino posterior), lo puedes eliminar reescribiendo la frase así:

Le quitó la bicicleta a uno de los participantes y huyó en ella.

Para acabar, deberás asegurarte de que los gerundios que hayas mantenido no estén situados unos muy cerca de otros, y, en particular, que no haya varios en una misma frase (a menos que esté justificado); así su presencia no distraerá durante la lectura. Para quitar los que necesites, te bastará, de nuevo, con reescribir en cada caso la parte correspondiente de la frase.

Con esto serás ya inmune al virus del gerundismo.

Bueno, pues hasta aquí este artículo.

¡A seguir escribiendo!

Día 78
Diálogos al final del túnel

El microbio sigue ahí, a las puertas... pero ya se va viendo la luz al final del túnel. De momento, aquí tienes un nuevo artículo que te ayudará a quedarte en casa a escribir. En esta ocasión te hablo de un recurso tan valioso como es el diálogo. ¿Te manejas bien con él?

El diálogo es uno de los recursos narrativos que más cuesta dominar. Voy a darte algunas indicaciones para que puedas hacer que tus personajes hablen de manera creíble y, a la vez, sus parlamentos se lean con fluidez.

En primer lugar, has de tener en cuenta que, al igual que en el mundo real cada persona habla a su manera, cada uno de los personajes de tu historia deberá hablar a la suya. Si no lo haces así, si no te preocupas de asignarle a cada personaje una voz única, todos hablarán igual, con tu voz, y no sólo se resentirá la verosimilitud, sino que no estarás ayudando a que el lector pueda discernir qué personaje interviene en cada momento.

Un personaje puede tener una forma de hablar muy característica o, por el contrario, más común, pero nunca deberá ser la misma que la de otro personaje (salvo excepciones: por ejemplo, si se trata de gemelos, clones o similar), y deberás preocuparte de trabajarlas todas en mayor o menor medida. Si, por ejemplo, el personaje es un pirata de mediados del siglo XVIII, no hablará con remilgos:

—No, yo no —dijo Silver—. Flint era el capitán; yo era solamente su cabo, ¡qué podía ser con mi pata de palo! El mismo cañonazo que dejó ciego a Pew se llevó mi pierna. Fue un excelente cirujano el que terminó de cortármela, sí, con título y todo, y sabía hasta latín... Aunque eso no le salvó de que lo colgaran como a un perro y lo dejaran secándose al sol, como a todos los demás, en Corso Castle. La gente de Roberts... Todo les vino por mudarles los nombres a sus barcos, cuando les pusieron Royal Fortune y otros nombres así. Como si se pudiera cambiar el nombre de un barco.

Si se trata de un personaje de una época actual, su forma de hablar podrá ser más parecida a la tuya, pero aun así, no deberás descuidarla. Un niño, por ejemplo, deberá expresarse como lo hacen los niños: con frases cortas y un vocabulario sencillo; un adulto, en cambio, suele elaborar más las frases, y su repertorio de palabras ser más amplio. Sólo en el caso de que un personaje se parezca mucho a ti (tenga tu misma nacionalidad, edad, etc.) o, directamente, seas tú (es decir, tú seas uno de los personajes de la ficcion), podrás usar para él tu propia voz.

Para saber cómo habla uno de tus personajes, has de tener claro cómo es el personaje en cuestión, y para ello no te queda otra que haberlo trabajado. Puedes hacerlo en tu imaginación o en una ficha de personaje. De hecho, la forma de hablar de un personaje no es más que otro rasgo de su caracterización.

No sólo las voces de los personajes tendrán que ser distintas entre ellas, sino que un mismo personaje deberá expresarse de una manera u otra según la situación en la que se encuentre en el momento de hablar. Así, si está cenando con alguien en un restaurante, podrá hablar con calma, detallar, aclarar... En cambio, si está en medio de una batalla, no tendrá tiempo para explicaciones, y deberá limitarse a dar indicaciones rápidas a sus compañeros:

¡Salgamos, muchachos! ¡Fuera todos! —gritó el capitán—. ¡Vamos a luchar a campo abierto! ¡Los machetes!

También deberás tener en cuenta con quién habla el personaje, es decir, quién es su interlocutor. Si le está hablando a un amigo, su tono será distendido. Si se dirige a un superior, se expresará de manera más formal. Y si le habla a un niño, su forma de expresarse será otra. Si quien habla es un médico, no se dirigirá igual al paciente al que haya ido a visitar a su domicilio que al zafio exmarino que le haya amenazado de muerte mientras cenaba tranquilamente en la posada Almirante Benbow:

—Y ahora, señor —continuó el doctor—, puesto que no ignoro su desagradable presencia en mi distrito, podéis estar seguro de que no he de perderos de vista. No sólo soy médico, también soy juez, y, si llega a mis oídos la más mínima queja sobre vuestra conducta, aunque sólo fuera por una insolencia como la de esta noche, tomaré las medidas para que os detengan y expulsen de estas tierras. Basta.

Por otro lado, has de ser consciente de que los personajes nunca deben hablar únicamente para que el lector obtenga una información, sino que sus palabras han de estar motivadas por la necesidad que tengan de comunicar algo a sus interlocutores en la ficción. Ten en cuenta que, para los personajes, el lector, simplemente, no existe; para ellos sólo existen los otros personajes. Si, por ejemplo, necesitas que el lector conozca el plan que tiene un personaje, no puedes hacer que éste lo comunique sin más, sino que has de hacer que tenga la necesidad de comunicárserlo, en la ficción, a quien sea:

¡Cuándo! ¡Por todos los temporales! —gritó Silver—. Bien, pues, si quieres saberlo, te lo voy a decir. Será lo más tarde que pueda. Entonces será el momento. Tenemos a un marino de primera, al capitán Smollett, que está gobernando y bien nuestro barco; están el hacendado y el doctor, que guardan el plano... ¿sabemos acaso dónde lo esconden? No lo sabemos ni tú ni yo. Así que pienso que lo mejor es dejar que el hacendado y el doctor encuentren el tesoro para nosotros, y cuando ya lo tengamos a bordo, ¡por todos los diablos!, entonces ya veremos. Si yo tuviera confianza suficiente en vosotros, malas bestias, dejaría que el capitán Smollett nos llevara hasta medio camino de regreso, antes de dar el golpe.

En este mismo sentido, has de evitar que los personajes digan algo que sus interlocutores puedan sobrentender. Si te fijas, en el ejemplo anterior, el personaje no dice "el plano del tesoro", sino, simplemente, "el plano", ya que sus interlocutores pueden deducir a qué plano se está refiriendo; de igual manera, no dice "a bordo del barco", sino, simplemente, "a bordo". De nuevo, has de tener en cuenta que los personajes no le estarán hablando al lector, sino a sus interlocutores en la ficción. Si necesitas que el lector sepa algo, y quieres que la información la dé un personaje en uno de sus parlamentos, tendrás que buscar la manera de que resulte verosímil que comunique el dato.

Igualmente, has de tener en cuenta en todo momento que las personas, cuando hablamos, no solemos declarar de manera directa cómo nos sentimos o qué pensamos, sino expresarnos de manera orgánica. Por ejemplo, si una persona no para de hablar y nos está molestando mucho, no diremos "Me está molestando mucho que no pares de hablar" y "Quiero que te calles", sino que le exhortaremos a que deja de hablar ("¿Puedes callarte, por favor?") o manifestaremos nuestro enfado ("¡Ya vale!"), o, quizás, aguantaremos sin decir nada.

Fíjate: en el último texto de ejemplo, el personaje (John Silver) no dice "Estoy nervioso y enfadado", sino que manifiesta estos nervios y este enfado ("¡Por todos los temporales!", "malas bestias", "¡por todos los diablos!"), y con ello captamos cómo se siente. De la misma manera, el hombre no dice "No tengo confianza suficiente en vosotros", sino que da esta información de manera orgánica: "Si yo tuviera confianza suficiente en vosotros...".

Ya para acabar, te comentaré que, por más que hayas de hacer que los diálogos que escribas resulten verosímiles, no has de hacer que tus personajes hablen como hablarían si existiesen en realidad, sino mejor, ya que sólo así el diálogo resultará narrativamente eficaz. Esto significa que las frases deben estar bien construidas y lo más compactadas posible, las palabras deben ser las adecuadas en todo momento, no debe haber redundancias, etc. En el mundo real, salvo en casos contados, las personas no hablan tan bien como tú necesitas que hablen tus personajes en tu ficción.

Si te fijas en el texto del ejemplo, John Silver, por más que está alterado, apenas repite palabras, ni deja frases a medio decir, ni redunda información. Su forma de expresarse es verosímil, pero no realista: está adaptada para que el texto se lea lo mejor posible.

Bueno, pues hasta aquí este artículo.

¡A quedarse en casa (a escribir)!

Ya sabes que si quieres que te revise tu escritura y te señale sus aciertos y errores, tienes mi servicio Eleva tu Escritura a tu disposición.

Los textos de ejemplo son fragmentos de la La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson.

Día 55
Un error que no debes cometer

El microbio sigue ahí, a las puertas, esperando a que nos despistemos.

Espero que en lo que llevamos de reclusión hayas escrito mucho y que en tus textos no estés cometiendo errores graves. Voy a hablarte de uno que detecto con frecuencia en las obras que reviso y que rebaja considerablemente la calidad de cualquier escrito.

El error no es otro que el uso excesivo de adjetivos, es decir, la inclusión en el texto de bastantes más adjetivos de los necesarios. Un abuso de los adjetivos provoca que el discurso resulte empalagoso, insubstancial y poco eficaz.

Los adjetivos, como ya sabrás, son aquellas palabras que dan información sobre el sustantivo. Los hay de varios tipos: calificativos, posesivos, demostrativos, numerales... El error del que te estoy hablando lo produce el uso excesivo de adjetivos calificativos (valiente, fugaz, azul, etc.) y de los participios que actúan como adjetivos (roto, adornada, oculto, etc.); tanto unos como otros comunican cualidades del sustantivo.

A menudo, el error viene provocado por un deseo de impresionar. El ánimo de demostrar que se sabe escribir bien o de que lo que se está contando es realmente importante lleva a atiborrar las frases o a enfatizar la comunicación, y una forma fácil de añadir esta palabrería es usar adjetivos, ya que se pueden ir colocando en la frase en cualquier momento (cada vez que aparece un nombre) sin demasiado problema.

En otras ocasiones, el exceso de adjetivos viene provocado por una falta de recursos de vocabulario o sintácticos en el momento de elaborar la frase. De nuevo, el adjetivo es la solución fácil: en vez de encontrar el sustantivo o la expresión idónea para lo que queremos comunicar, no limitamos a acompañar un sustantivo del primer adjetivo que nos viene a la cabeza, o, incluso, de varios.

¿Cuántos adjetivos son más de los recomendables? Para poder darte una referencia objetiva, he llevado a cabo una pequeña investigación. Te la detallo:

En primer lugar, he recuperado algunos de los textos que he ido corrigiendo estas últimas semanas y he calculado para cada uno el porcentaje de adjetivos respecto al total de palabras del texto; luego he comprobado si en la corrección del texto había indicado un abuso de los adjetivos.

A modo de ejemplo, he podido ver que en una corrección en la que sí lo había indicado, de las 147 palabras que tenía el primer párrafo del texto, 19 eran adjetivos, es decir, el porcentaje era superior al 12 %.

En cambio, en otra en el que no había indicado ningún abuso de los adjetivos, el inicio del texto corregido tenía 281 palabras, de las cuales 18 eran adjetivos, es decir, el porcentaje no llegaba al 7 %.

Luego he procedido a calcular la proporción de adjetivos en los textos de algunas obras conocidas, y he obtenido los siguiente datos:

En el poema No te salves, de Mario Benedetti, que tiene una extensión de 143 palabras, el número de adjetivos es 5, es decir, el porcentaje no llega al 4 %.

El primer párrafo del relato La isla a mediodía, de Julio Cortázar, que es un texto más descriptivo, tiene una extensión de 127 palabras, de las cuales 8 son adjetivos, es decir, el porcentaje es algo más del 6 %.

En el inicio de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, que también tiene su dosis de descripción, hay 9 adjetivos en las primeras 120 palabras, es decir, el porcentaje es algo menos del 8 %.

Por su parte, en la reflexión inicial de la novela La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, que tiene una extensión de 138 palabras, sólo hay 4 adjetivos, es decir, el porcentaje no llega al 4 %.

Ya por último, y más que nada por curiosidad, he calculado la proporción de adjetivos en unos cuantos haikus, y he visto que tienen 10 palabras de media y que suelen incluir uno o ningún adjetivo, es decir, el porcentaje medio es del 5 %.

Como ves, he podido hacerme con una referencia más o menos válida de cuál es la proporción aceptable de adjetivos en un texto. Puedes usarla ahora para saber si abusas de los adjetivos o, por el contrario, los dosificas correctamente. Sigue este procedimiento:

Cuenta los adjetivos que hayas usado en un texto y el total de palabras del texto, divide el primer número entre el segundo y multiplícalo por cien: el resultado es el porcentaje de adjetivos que tiene ese texto. No es necesario que uses un texto entero, sino que puede ser un fragmento de unas 200 palabras.

Únicamente has de tener en cuenta los adjetivos calificativos (es decir, no los posesivos, ni los demostrativos, ni los numerales, etc.) y los participios que actúen como adjetivos (es decir, que no lleven complementos verbales); en la cuenta no han de entrar los que estén sustantivados, y tampoco has de contar los que formen parte de nombres propios.

Si el porcentaje es superior a 10, estás, casi seguro, abusando de los adjetivos, y deberás proceder a "desadjetivar" tu escritura.

Si está entre 5 y 10, podría ser que estuvieses abusando de ellos, pero también que los estuvieses usando correctamente; dependerá un poco del tipo de texto: por ejemplo, si se trata de la descripción de un escenario, este porcentaje podría ser aceptable, mientras que si se trata de una reflexión sobre un tema en particular, seguramente será demasiado alto. En cualquier caso, te recomiendo que, en lo posible, limites el uso de los adjetivos.

Si el porcentaje es inferior a 5, podría ser que puntualmente estuvieses abusando de ellos (por ejemplo, que, en un descuido, hubieses puesto unos cuantos muy cerca unos de otros, en una misma frase, por ejemplo), pero, en general, no estás haciendo un uso excesivo de ellos.


¿Ya has hecho el test? ¿Estás usando demasiados adjetivos? Si es así, vas tener que "desadjetivar" tu escritura. A continuación te explico cómo aligerar de adjetivos un texto:

En primer lugar, puedes eliminar cualquier adjetivo que no esté aportando ninguna información que resulte realmente útil. Para saber si la información que aporta un adjetivo es útil, comprueba cómo quedaría la frase sin él. Si ves que se sigue leyendo bien y que no se echa de menos la información que el adjetivo aportaba, puedes, en principio, eliminarlo.

Por ejemplo, en un caso en el que estés usando el adjetivo deliciosa referido a una cena...

Le preparó una deliciosa cena a su hija.

... y detectes que, en realidad, no hace falta informar de si la cena era deliciosa o no, puedes prescindir del adjetivo sin problemas:

Le preparó la cena a su hija.

Luego, puedes quitar cualquier adjetivo que resulte redundante, esto es, que ofrezca un dato que, por más que sea útil, ya esté siendo aportado por otras palabras.

Por ejemplo, en un caso en que estés usando el adjetivo espléndida referido a la mañana que hacía, y ya en la frase estés informando, de la manera que sea, de ese esplendor...

Era una mañana primaveral y espléndida.

... el adjetivo es, de alguna manera, redundante, y puedes quitarlo sin problemas:

Era una mañana primaveral.

Aun un adjetivo que esté aportando información útil, puedes eliminarlo. ¿Cómo? Pues haciendo que esta información la aporten otras palabras que no sean adjetivos.

Por ejemplo, puedes tratar de sustantivar el adjetivo, ya que de esta manera dejará de serlo, pero no por ello se perderá la información que estaba aportando.

Fíjate: en la expresión...

el barco velero

... puedes sustantivar sin problemas el adjetivo, y dejar...

el velero

En ciertos casos podrás librarte de un adjetivo substituyendo la pareja que forma con el sustantivo al que acompaña por otro sustantivo que signifique lo mismo que el conjunto de las dos palabras.

Por ejemplo, en vez de...

la vieja mansión

... puedes escribir...

la casona

También, en ocasiones, podrás librarte de un adjetivo introduciendo un verbo que, de alguna manera, aporte el mismo significado que el adjetivo.

Por ejemplo, en vez de...

El serpenteante camino avanzaba entre las colinas.

... puedes escribir...

El camino serpenteaba entre las colinas.

Bueno, pues hasta aquí este artículo dedicado a los adjetivos.

¡A quedarse en casa (a escribir)!

¿Quieres que te señale en qué aciertas y qué fallas al escribir? Tienes a tu disposición mi servicio Eleva tu Escritura.

Día 34
Caja de ayuda literaria

Hace ya más de un mes que el microbio nos obligó a recluirnos en casa... Para que puedas seguir llevándolo lo mejor posible, te hago llegar una caja de ayuda literaria. Paso a indicarte qué incluye:

Incluye una vacuna que te protegerá contra 3 errores de escritura que se cometen por influencia del inglés.

Encontrarás también un manual de instrucciones sobre cómo trocear una novela.

Tienes también un suplemento vitamínico para que no te cueste tanto ponerle título a una obra de ficción.

Por cortesía de la Organización de las Narraciones Unidas (ONU), la caja incluye una copia de la Declaración Universal de los Derechos del Lector.

Y por último, pero no por ello menos importante, se incluye una selección de palabras de mi invención. ¿Te animas a inventarte las tuyas?

¡A seguir resistiendo!

Día 20
La de historias que saldrán

La reclusión continúa... La de historias que van a salir de esto. En poco tiempo, la pandemia llegará a las novelas, los guiones de cine, las obras de teatro...

Seguro que a ti también se te ha ocurrido ya algo sobre lo que escribir. Voy a darte algunas indicaciones para que puedas trabajar correctamente esa idea que has tenido y así no te bloquees luego. Ya en un artículo previo he hablado sobre cómo trabajar una idea para una obra de ficción, y ahora voy a ejemplificar con una historia que tenga que ver con los sucesos que estamos viviendo.

Imagínate que hayas pensado en una historia en la que se produzca un brote de un virus mortífero, mucho más que cualquier virus anterior (incluido el que ahora nos afecta), y que la humanidad corra el riesgo de ser exterminada.

Se trata de una idea válida, pero, de momento, no es más que eso: una idea. A partir de ella podrías crear infinitas historias. Para empezar a dar forma a una, se trata de fijar unos cuantos elementos.

En primer lugar, tarde o temprano tendrás que decidir quién será el protagonista de la historia, es decir, de quién será la peripecia con la que darás cuerpo a la ficción.

Podrías decidir, por ejemplo, que la protagonista sea una estudiante de medicina que esté haciendo prácticas en el extranjero y que sea testigo de las primeras muertes que cause el virus.

Igualmente, más pronto o tarde tendrás que decidir el escenario, es decir, dónde y cuándo transcurrirá la acción.

Por ejemplo, para esta historia del virus podrías fijar que el brote se produzca en un país de Centroamérica (Honduras, por decir uno), y que la historia transcurra en un futuro no demasiado lejano: unos años después de esta crisis sanitaria que estamos viviendo ahora.

Además, convendrá que no tardes demasiado en fijar cuál será la peripecia concreta que vivirá el protagonista. Este punto es muy importante, y voy a hablarte de ello con algo más de detalle:

A menudo, cuando ideamos una historia, rápidamente acabamos haciéndonos con un personaje y un escenario, y también con un inicio de la acción, pero no con una línea argumental en sí. Si no nos tomamos un tiempo en fijar cuál será, a grandes rasgos, el argumento, y nos lanzamos de cabeza a escribir confiando en que la historia vaya saliendo sobre la marcha, es muy probable que lleguemos a un punto en que veamos que la historia no lleva a ningún sitio o hace aguas por cualquier otro motivo. Con ello, no nos quedará otra que deshacer buena parte del trabajo realizado, y esto, en muchos casos, nos desmotivará hasta tal punto que optaremos por abandonar.

En el caso de la idea del virus, perfectamente podríamos haber imaginado un inicio de historia en el que la protagonista esté atendiendo a enfermos en un hospital de campaña y empiece a ver que algunos tienen una afección que les destroza por dentro. Esto sería únicamente eso, un unicio de historia, no una línea argumental como tal, y si nos lanzamos ya a escribir sin tener decidido cuál será a grandes rasgos el argumento y, por ejemplo, hacemos que lo siguiente que suceda sea que los compañeros de la protagonista también empiecen a enfermar, este segundo suceso nos podría ir bien de momento, pero estaríamos corriendo el riesgo de que luego no podamos justificar por qué la protagonista, que ha estado atendiendo a afectados por un virus tan mortífero, no ha enfermado también.

Si, en cambio, te has tomado un tiempo en decidir que, por ejemplo, la historia consistirá en que la protagonista será obligada por los militares a actuar en la zona cero de la epidemia, con la tensión que ello le supondrá, y que, más adelante, cuando ya la situación sea insostenible, tratará de salvarse ella, entonces podrás idear un inicio de historia que pueda conducir sin problemas a los sucesos que ya sabes que conformarán el tramo central de la acción. Por ejemplo, podrías hacer que, simplemente, la estudiante esté trabajando en la región, y que, primero, lleguen rumores de la epidemia, luego tengan ya algún caso en el hospital, luego se declare la alerta sanitaria en el país y luego irrumpan los militares y se lleven a la estudiante y a sus compañeros a la zona cero. De esta manera, lo tendrás también más fácil también para encontrarle un final a la historia.


Aparte de estos tres elementos que he apuntado (protagonista, escenario, acción), convendrá que fijes otros, pero no me entretengo a hablarte de ellos ahora, sino que ya te remito al artículo en el que explico cómo trabajar una idea para una obra de ficción.

Te comentaré también que a la vez que vayas fijando elementos y construyendo la historia, habrás de ir asegurándote de que luego no tengas problemas, por el motivo que sea, para trabajar la obra.

Por ejemplo, para acabar de diseñar esta historia de la estudiante de medicina, y luego para narrarla, nos hará falta saber de virus, epidemias, medicamentos y demás. Si ya tenemos los conocimientos necesarios (por ejemplo, porque hayamos estudiado medicina), entonces no tendremos problemas, pero, si no, no nos quedará otra que documentarnos exhaustivamente, con el coste en esfuerzo y tiempo que ello supondrá. Como alternativa, podríamos decidir no contar la historia de una estudiante de medicina, sino, por ejemplo, la de un turista que se vea atrapado en Honduras en medio de la epidemia y todo se le vaya complicando. Para el escenario, lo mismo: en caso de que apenas sepamos nada sobre Honduras, podríamos optar por llevar la acción a un país que conozcamos mejor, como sería el nuestro.

Espero que estás indicaciones que te he dado te resulten útiles.

¡A seguir resistiendo!

Día 11
Kit de supervivencia literaria

Cuando despiertas, el microbio todavía está ahí, a las puertas.

Para que puedas seguir llevando tu reclusión lo mejor posible, te hago llegar un kit de supervivencia literaria. Paso a detallarte su contenido:

En él tienes una guía que te permitirá identificar y tratar hasta cuatro afecciones literarias que puedes estar sufriendo sin saberlo.

Tienes también un material que, a modo de pedernal, te permitirá prender el fuego literario que llevas dentro.

Para que puedas potabilizar tus diálogos, tienes, en un frasco, los 12 verbos de dicción más usados en narrativa.

No podía faltar un
recurso multiusos. Ya verás que te será útil para cualquier género literario: novela, guion de cine, texto teatral, poesía...

El kit incluye una impresión de la Declaración Universal de los Derechos del Personaje, cortesía de la Organización de las Narraciones Unidas (ONU).

Cómo no, incluye tambíén un código de promoción para que puedas inscribirte en mis
cursos, solicitar mis servicios o adquirir mis materiales didácticos con descuento. El código es ENCASA. Tiene validez hasta las 23:59 (hora peninsular española) del 5 de abril de 2020. El descuento es de 10 % en los cursos y servicios y 20 % en los materiales didácticos.

Espero que el kit te ayude a sobrevivir.

¡A seguir resistiendo!

Día 6
Escribe y vencerás

El microbio sigue ahí, a las puertas, y es importante que no salgamos de casa si no es estrictamente necesario.

Para animarte a escribir y que puedas resistir el cautiverio, voy a explicarte dos estrategias que puedes usar para ganar un concurso literario.

Si simplemente eliges un concurso, preparas un texto y lo envías a él, es poco probable que lo ganes. ¿Por que? Porque por más que se trate de un buen texto, y suponiendo que no se quede en el camino a la final por un error de quien sea, tendrá que competir con otros textos que serán, como mínimo, igual de buenos que él. Incluso si tu texto fuese con diferencia el de más calidad de entre todos los presentados, podría no ganar por diversos motivos: por ejemplo, que el jurado esté buscando un texto con unas características concretas que ayuden a los organizadores del concurso a promocionar su negocio.

Si realmente quieres ganar un concurso literario, te conviene tener un plan que, a la larga, te lleve hasta tu objetivo. Te voy a explicar las dos estrategias que puedes usar:

La primera estrategia consiste en elegir un concurso que restrinja la participación, estudiarlo a conciencia y enviar un texto escrito en exclusiva para él; si no se gana, se repite la operación con un concurso que restrinja aún más la participación; y así hasta que se gane uno, por poca participación que tenga.

Esta estrategia se basa en ir reduciendo progresivamente la competencia a la par que se hace lo posible por aumentar las probabilidades de que el texto enviado se imponga al de los otros participantes.

Para empezar, has de elegir un género en el que te manejes bien (relato, por decir uno) y buscar un concurso de ese género que sólo permita que participen personas de tu nacionalidad o franja de edad. De esta manera estarás ya reduciendo considerablemente el número de competidores. Conviene que, además, el concurso exija que el texto trate un cierto tema o que cumpla algún requisito concreto (por ejemplo, que la acción transcurra en un escenario particular), ya que así sólo podrán competir contigo quienes hayan tenido tiempo para escribir un texto a propósito para ese concurso o dispusieran ya de un texto que cumpliese con lo requerido.

Luego, habrás de estudiar bien el concurso para saber qué texto está buscando el organizador o tiene más posibilidades de ser elegido por el jurado. Para ello deberás, lo primero, releer atentamente las bases en busca de cualquier pista que te pueda guiar, y, luego, informarte sobre quién organiza el concurso, así como quién conforma el jurado y qué textos han ganado en anteriores ediciones del concurso, si es que las ha habido.

Por ejemplo, si se trata de un concurso de relatos organizado por una cadena de hoteles, y en las bases se pide que el escenario sea el vestíbulo o la habitación de un hotel, tendrás más probabilidades de ganarlo si la historia tiene lugar en una ciudad en la que la cadena tenga presencia.

Una vez tengas información suficiente para saber cómo ha de ser el texto ganador, se trata de que lo escribas, te asegures de que no tenga errores que lo desvirtúen y lo envíes al concurso en el plazo permitido.

Espera a que se publique el resultado. Si el texto resulta ganador, ya habrás logrado tu objetivo. Fácil, ¿no?

Si no resulta ganador, que es muy probable, se trata ahora de que repitas el proceso elegiendo esta vez un concurso que tenga algo menos de entidad (que ofrezca un premio menor, por ejemplo) o que restrinja aún más la participación (por ejemplo, que sólo permita como participantes a quienes residan en tu región), y vuelvas a intentarlo con un nuevo texto, y así sucesivamente hasta que logres ganar un concurso. En ese momento habrás logrado tu objetivo.

El único requisito para que este plan dé resultado es, aparte de que puedas dedicar el tiempo y el esfuerzo suficientes, que seas capaz de escribir textos que tengan la calidad suficiente para que le resulten aceptables a un jurado de un concurso, por poca entidad que éste tenga.

La segunda estrategia consiste en escribir un buen texto o seleccionar uno que ya hayamos escrito y que nos parezca bueno, y enviarlo a un número importante de concursos sin adaptarlo a ninguno. Se trata de ir sumando probabilidades de que nuestro texto resulte ganador en un concurso, el que sea. Con esta estrategia podríamos, incluso, ganar más de un concurso.

Para empezar, has de escribir un texto de calidad sin preocuparte en absoluto por el género, la extensión o el tema, es decir, no has de escribirlo para ningún concurso en particular.

Alternativamente, puedes usar un texto que ya hayas escrito y que no hayas llegado a publicar en ningún sitio.

Eso sí, conviene que sea un texto que, en general, pueda ser valorado positivamente en cualquier concurso: que no vaya destinado a un lector concreto, que trate un tema de actualidad, que no hiera sensibilidades…

Una vez lo hayas escrito, se trata de elegir un buen número de concursos en los que participar procurando que todos tengan un mínimo de entidad (por ejemplo, que el importe del premio sea superior a 1000 euros) y enviarlo a todos ellos anotando la fecha y el sitio en los que se vaya a publicar el resultado. Es conveniente que elijas el mayor número de concursos posible, ya que al ya tener listo el texto, el esfuerzo que te requerirá participar en cada concurso adicional será mínimo, y, en cambio, con ello estarás aumentando las probabilidades de ganar alguno.

De todas, maneras, como se convocan muchísimos concursos, y podría suceder que tu texto no tuviese la calidad necesaria para tener unas opciones mínimas en ninguno de ellos, es mejor que pongas un límite: 10 concursos, por ejemplo.

Si ganas en alguno de ellos, ya habrá logrado tu objetivo. Si no, habrás de volver a intentarlo de la siguiente manera:

En caso de que tu texto haya quedado finalista en alguno de los concursos a los que lo has enviado o haya recibido alguna mención, puedes buscar otros 10 concursos y volver a probar con ese mismo texto, y así sucesivamente hasta que bien ganes un concurso, bien tu texto no quede finalista ni reciba mención en ninguno de ellos.

Cuando suceda que tu texto no quede finalista ni sea mencionado en ningún concurso, es mejor que dejes de participar en concursos con ese texto y repitas el proceso con otro, seleccionando esta vez concursos que tengan algo menos de entidad. De esta manera estarás aumentando progresivamente las probabilidades de que el texto que envíes resulte ganador en alguno de ellos.

Al igual que con la estrategia anterior, hace falta que el texto que hayas escrito tenga un mínimo de calidad, ya que, si no, no será elegido por ningún jurado. Para asegurarte de que la tiene, lo mejor es que se lo des a leer a alguien que sepas que es buen lector y que te pueda dar una opinión sincera. Por supuesto, también puedes encargarle la revisión a un profesional. Si lo necesitas, yo ofrezco un servicio de elevación de textos.

Espero que estas dos estrategias te puedan dar resultado.

¡A seguir resistiendo!

Día 1
Escribe y resiste

Como sabrás, un microbio está haciendo de las suyas por todo el planeta. En Asia, donde se detectó por primera vez, han conseguido pararle los pies, pero ahora campa a sus anchas por Europa, y no tardará en hacer lo mismo en América. Para ganarle la batalla, conviene que nos quedemos en casa.

Voy a ofrecerte algunos contenidos de escritura creativa para que puedas llevar tu encierro lo mejor posible:

Si llevas tiempo sin escribir nada, te recomiendo que, lo primero, hagas unos estiramientos. Aquí tienes un ejercicio de fitness literario, y aquí tienes otro. Y como no hay dos sin tres, aquí tienes un tercero.

Una vez hayas desentumecido tu músculo literario, puedes lanzarte a, por ejemplo, escribir haikus. ¿Que no sabes qué es un haiku? Te lo explico con detalle en este artículo.

Puedes participar en un concurso literario: en uno de relato, por ejemplo. Aquí tienes diez consejos para que tengas más posibilidades de ganarlo.

Quizás te atraiga escribir un texto teatral. Si es así, te resultará valioso este artículo en el que explico cómo escribir una obra de microteatro.

¿Qué me dices a escribir un guion de cine, ya sea un cortometraje o un largometraje? Aquí tienes un par de artículos que te serán de utilidad: en uno explico el proceso que se sigue para escribir un guion de cine, y en el otro detallo el formato estándar en el que se escriben los guiones de cine.

Y si siempre has querido escribir una novela, es un buen momento para abordarla. Te recomiendo que primero diseñes el argumento y luego planees la narración.

Todos estos contenidos que te he ofrecido son gratuitos. En breve ofreceré más. Si en algún momento quieres realizar uno de mis cursos, solicitar uno de mis servicios o adquirir uno de mis materiales didácticos, los tienes a tu disposición: yo trabajo en casa, así que la reclusión no me impedirá atenderte.

¡A cuidarse y a escribir!





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En este taller trabajarás primero una historia y luego su narración en escenas hasta dejarla a punto para ser llevada a la pantalla.



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