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Inicio: 24 de septiembre
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Diario / blog

Esta técnica consiste en empezar a explicar una historia no por su planteamiento, sino ya metidos en el desarrollo del conflicto.

En narrativa, conviene escribir los diálogos de manera que el lector sepa en cada momento qué personaje está hablando. Para dejar claro qué personaje interviene en cada párrafo disponemos de varios medios.

El pleonasmo es un recurso retórico que consiste en situar en una misma expresión dos conceptos de igual significado.

Cuatro errores de escritura detectados con frecuencia en el trabajo de nuestros alumnos.

El oxímoron es un recurso literario que consiste en situar en una misma expresión dos conceptos de significado contradictorio obteniendo con ello un significado nuevo.

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La analepsis





La analepsis es un recurso muy usado en narrativa. Consiste en interrumpir la línea temporal de la narración para explicar un hecho del pasado. La interrupción puede tener una extensión menor o mayor.

Veamos un ejemplo. En el siguiente fragmento, extraído de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, el narrador interrumpe una escena que tiene lugar en Macondo, el pueblo de los protagonistas, para explicar dónde había estado metido Melquíades, el amigo que les ha venido a visitar:

Mientras Macondo celebraba la reconquista de los recuerdos, José Arcadio Buendía y Melquíades le sacudieron el polvo a su vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en el pueblo. Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad. Repudiado por su tribu [...] decidió refugiarse en aquel rincón del mundo todavía no descubierto por la muerte, dedicado a la explotación de un laboratorio de daguerrotipia. José Arcadio Buendía [...] cuando se vio a sí mismo y a toda su familia plasmados en una edad eterna sobre una lámina de metal tornasol, se quedó mudo de estupor.

Veamos otro ejemplo. En el siguiente fragmento, extraído del relato Mi Cristina, de Mercé Rodoreda, el narrador, un marinero, interrumpe momentáneamente el relato de su naufragio para explicar algo que le sucedió años atrás:

El mar entero era un gemido y una ráfaga y volantes de olas y yo atrapado y arrojado, y atrapado, escupido y engullido y abrazado a mi tablón. Todo estaba negro, el mar y la noche, y el Cristina hundido, y los gritos de los que morían en el agua ya no se escuchaban [...] y entonces, con todas aquellas nubes encima, me sentí chupado hasta muy adentro, más adentro que las otras veces. Descendía, entre remolinos y peces alarmados que me rozaban las mejillas [...] y cuando el agua se calmó y fue bajando poco a poco, la cola de un pescado más grande que los demás me golpeó en la pierna [...] Cuando intenté levantarme para andar por el suelo, resbalaba, y aunque ya me figuraba dónde estaba, preferí no pensar, pues me acordé de lo que mi madre me había dicho en su lecho de muerte. Yo estaba a su lado, muy triste, y mi madre, que se ahogaba, tuvo fuerzas para levantarse de medio cuerpo para arriba y con el brazo largo, largo y seco como un mango de escoba, me pegó un tremendo guantazo y me gritó aunque apenas se la entendía: !no pienses! Y murió.
Me agaché para tocar el suelo con las manos. Estaba resbaloso [...]

Leamos un tercer ejemplo. En esta ocasión lo tenemos en la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo. El narrador, que está explicando cómo se encontró en un pueblo llamado Comala, interrumpe la escena para explicar dónde había estado el día antes:

Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aun las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.
Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecian teñirse de azul en el cielo del atardecer.
Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles.

Fijémonos en que en los tres casos el autor o autora ha tenido cuidado de no desorientar al lector. Tanto en el inicio de cada analepsis (en el paso a la parte subrayada) como en el regreso a la escena principal (a la parte no subrayada) hay alguna palabra o expresión, o un punto y aparte, que le permite al lector entender que la narración ha pasado a referirse a otro período de tiempo. Así, en el tercer ejemplo, la expresión "ayer a esta misma hora" hace saltar la narración un día al pasado, mientras que el "Ahora estaba aquí, en este pueblo" y el punto y aparte que lo precede la llevan de vuelta a la escena que había quedado interrumpida por la analepsis.

Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecian teñirse de azul en el cielo del atardecer.

Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer [...]

Es importante marcar el inicio y el final de la analepsis de esta manera para evitar que el lector se pueda despistar.

Lee sobre el recurso opuesto: la prolepsis.



Este material pertenece al curso de novela que imparte César Sánchez.