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Globalización

Por Silvio Bolaño




Con la globalización las cosas se han dado rápidamente, de manera sencilla. Lo cual es higiénico y práctico y nos sienta bien. Sucedió que un día leímos en el diario que ya estábamos globalizados, y al poco tiempo llegó un amigo a contarnos que en todos los jardines infantiles del mundo los niños cantaban la canción del dinosaurio fucsia. Nos pareció insoportable, y por esto pretendimos odiar al dinosaurio fucsia, afirmando que la televisión alienaba a la infancia y que así no iríamos a parar a ningún lado. Pero este pensamiento egoísta nos duró hasta que vino una sobrina o un primito a pedirnos un abrazo, cantándonos la canción del dinosaurio fucsia y diciéndonos que éramos una familia feliz, rompiendo de este modo nuestro corazón y mandando al tacho de basura nuestras anticuadas y frías convicciones estéticas. Y se llegó la tarde en que, mientras lavábamos los platos, nos encontramos repitiendo la melodía del dinosaurio fucsia, pero ya no teníamos la fuerza ni la determinación suficiente para darnos con la sartén en la cabeza o para preguntarnos qué nos había sucedido. Nos sabíamos orgullosos poseedores de más de cien canales con los cuales podíamos saber exactamente lo que sucedía en Francia, Taiwán, El Zaire o la selva amazónica, al mismo tiempo, en vivo y en directo, desde nuestra cómoda cama o el sofá de la sala de televisión.

Esta mañana, por ejemplo, el Sr. Presidente de los Estados Unidos hizo una alocución para dirigirse a la humanidad. Yo, que soy un poco escéptico y cascarrabias, no quería prestarle atención. Pero cómo no hacerlo cuando te das cuenta de que está en todos los canales que pasas y que se encuentra llamando -por la dificultad del tema- al Papa, al Patriarca Ortodoxo, al Dalai Lama, a los reyes europeos, a representantes islámicos chiítas y sunnitas, a los líderes del África y a los presidentes del G8, quienes van saliendo al estrado y se paran a su lado, respaldándole, cuando empieza a decir eso que siempre supimos pero que hasta ahora no nos pudieron contar. Y así, sin más ni más, nos va soltando la joya que dizque la humanidad está preparada para saberlo, que si no nos lo habían dicho era para no generar pánico mientras intentaban controlar la situación, pero que los últimos presidentes de los Estados Unidos habían tenido este mismo discurso programado, y que tanto el cine como la literatura se habían encargado de abrirnos la mente al respecto, pues obviamente no estábamos solos en el Universo y desde hacía cincuenta años nos encontrábamos en guerra con unos malvados extraterrestres. No obstante fueran nuestros aliados desde los tiempos inmemoriales de Ezequiel, los faraones egipcios y los Mayas, divergían en todo con nuestros valores y se habían convertido en nuestros enemigos, queriendo desterrar a la raza humana de la faz de la tierra. Detallaba que en el espacio son como los hemos pintado: verdes, cabezones, gelatinosos y chiquitos; pero que en un medio elástico como el nuestro los alienígenas logran mimetizarse, convertirse en tu esposa o volverse invisibles, y que desde que enviaran a Neil Armstrong a la luna los teníamos acorralados por unas bombas implosivas que los astronautas habían logrado activar. Pero ahora su ataque era irreversible.

Personalmente me considero respetuoso de las diferencias, sin embargo creo que la tolerancia es distinta a la majadería. Y es que yo puedo soportar que alguien piense opuestamente a mí, pero lo último que quiero es que desaparezca la humanidad, que me conviertan en esclavo ó que me confundan con un inescrupuloso invasor de la tierra. Por eso no dejé pasar mucho tiempo, me puse el Armani oscuro y, sin discutirlo con nadie, me hice insertar el chip de reconocimiento humano en la inspección de policía. Si se tenían bien guardado este secreto pienso que fue obrando de buena fe, esto es fácil de comprender, sobre todo al tratarse de una raza tan nociva. Polígamos, politeístas y con una civilización que se parece en todo al comunismo, es necesario que nos unamos y obremos ante ellos conforme a nuestras convicciones. Yo puedo ser muy liberal, pero ante todo soy un hombre de principios. Desde la ventana de mi piso alto contemplo el cambio de órbita de la tierra, descrestándome con la espléndida visión de la brillantez de las estrellas, los colores de los planetas y la oscura infinitud del cosmos. Hacer del mundo una nave de guerra es una idea maravillosa, propia de la ingeniería norteamericana. El oxígeno y la luz del sol son contingencias que ya han comenzado a simular, y será mejor así para que los extraterrestres no logren confundirnos. Desde mi televisor me mantengo comunicado, revisando las órdenes de la base central, y espero con ansiedad el momento en que me necesiten. No se trata de algo heroico, estoy hablando de mis deberes civiles. Sé que las cosas se han dado rápidamente y que esto es algo lento de asimilar, pero no puedo dejar de sentirme arrepentido al haber pensado que con la globalización no iríamos a parar ningún lado, lo reconozco.


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